
Lo miró, estaba exhausto y ella podía sentirlo, no hablo de un cansancio físico sino algo más complejo. Llevaba el peso que todos llevamos, algún que otro tropezón en el camino, la incertidumbre del no saber que hacer y ese amor con gusto a podrido. Lo pensó – por mientras no le quitaba los ojos de encima – es curioso cómo puede darse esta ecuación, él sufría por mengana y ella, menos que fulana para él. Por un segundo apartó la mirada, quizás no se sentía tan plácido ser simplemente fulana. Ella daría todo por tener – a los ojos de él – nombre y apellido.
Volvió a posarle los ojos encima, por momentos no podía escucharle sus habladurías y no por falta de interés sino por excesivo, él le robaba toda su concentración. Se preguntó si alguien más en el mundo entero lo observaría con la ternura y devoción con que ella le observaba. El parecía concentrarse fácilmente, no perdía el hilo, podía involucrarse en todo menos con ella. Le dolía lo suficiente, pero jamás iba a demostrárselo. Aunque cuando reparaba sobre eso concluía que no era más que una obviedad.
Resultaba ser que su corazón estaba atareado y ella podía leerlo de antaño en su mirada. Ella siempre supo que estaba exhausto, incluso antes de que él se lo dijera. ¿Alguna vez te has puesto a pensar en mí? ¡Qué estúpido sería decirle aquello! Jamás lo habría hecho. Además, pensaría que es algo egoísta o quizás desubicado o llanamente inesperado. Ella sabía que no podía disimularlo lo suficiente como para que él no se percatase de ello. No podía ser. ¿Cómo podría esconderlo? Si apenas le veía venir ya se sonrojaba, si siempre tenía en la manga la excusa perfecta para volverle a ver.
Le observaba con la mirada que poseen los enamorados, se detenía a admirar cada ángulo de su rostro y jamás se cuestionaba porqué lo hacía, simplemente le amaba y no existía razón más suficiente que esa. Podía pasar horas junto a él incluso cuando no había nada nuevo que decir y se perdía en el miedo de volver a rozar sus labios. Cada beso que él le obsequiaba era un momento eterno en el tiempo y él simplemente se regodeaba, jamás lo haría como por mengana. ¿Y si simplemente me abres tu corazón y te enteras de que podrías ser más amado de lo que imaginas? ¡Que insensatez! repensó. Y agradeció no haber pensando en voz alta, así él jamás podría escucharle.
Le partía en dos verle sufrir, le hubiese dicho que juntaría cada retazo de su corazón y lo repondría pero sabía que a él no le importaría puesto que ella, definitivamente, no era mengana. Era menos que fulana. No sabía que decirle, aunque mucho menos que en el fondo poseía un menjunje de palabras que deseaba más que decir, gritar, que anhelaba contarle.
Lo entibió en su abrazo y él mágicamente le respondió con una mirada cálida, como si ese fuese el gesto que el necesitaba. Cómo si ese pequeño detalle apaciguara un poco ese viejo dolor. Él se menospreciaba y ella lo idealizaba. Y ante la angustia que él le transmitía y en su abrazó, confeso: Eres perfecto.
Esto pareció descolocarle, quizás no hubiese estado esperando ese comentario pero a veces también lo inesperado puede provocarnos una ilusión. Le respondió con una mirada que se llenó de seguridad e interrogó: ¿De verdad lo crees, no?
Ella lo miró, lo miró y él percibía que su mirada escondía ese menjunje. Estaba lo suficientemente avergonzada como para poder hablar, así que simplemente le asintió con la cabeza. ¡Sí, de verdad lo creo! ¡DE VERDAD ERES PERFECTO! Para mí, para mí. Lo repetía en su cabeza. Esta vez si deseaba pensar en voz alta. Y aquél tibio abrazo mutó a un candente beso.

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