Lo cierto es que me haces falta. Y así decidí que era la mejor forma de decirlo, sin dar demasiadas vueltas para decir simplemente eso. Sé bien que son no más que un par de palabras pero tan difíciles de decir (te).
Al instante me arrepentí, empecé a replantearme si tenía sentido, es decir no son palabras que carezcan de significado pero después de todo, ¿no es algo muy subjetivo acaso? Digo, quizás crea que esté diciendo mucho y vos lo tomes cómo palabras vacías. O quizás, simplemente quizás, te resulte una obviedad. Y sé bien que ahí radica mi temor. Si lo tomaras como algo poco novedoso, yo lo tomaría cómo algo que siempre supiste y nunca te importó. No, no podría soportarlo. O puede que te tome por sorpresa, desprevenidamente y te quedés junto a mí con los ojos anchos, bien redondos como dos platos. Y también y para mi fortuna pueda encontrarme con esa escena en la cual me percato de que es posible que estuviéramos sintiendo lo mismo aún habiendo estado tan distantes.
Entonces concluyo que no estuvo tan mal haberlo dicho.
Falta, me haces falta. ¿Sabés lo que eso quiere decir? Implica que hay un lugar dentro de mí que se siente desamparado. O mejor dicho no es sólo un lugar, soy toda yo que no sé a donde ir. Me siento así, como alguien que ha olvidado el camino de regreso a casa. Me ha costado tanto enderezarme, vengo ensayando sobre la idea de que ya no quiero que me hagas falta, ya no quiero sentir que algo me falta otra vez. Es absurdo (soy absurda) porque bien se que es parte de todo, encontrarse y perderse una y otra vez pero aún así no le encuentro sentido a las leyes que rigen el universo del amor. Me duele confiar y sé bien que si volviera a confiar ya no sentiría ese desamparo, encontraría esas luces que se encienden y te guían hacia tu hogar. Pero no puedo ofrecer (te) nuevos espacios porque aborrezco el saber que dar un lugar es una ecuación matemática en donde la única resolución es una que te alerta que algún día podría estar vacío.
Y otra vez tendría que empezar, contando los pasos que das sólo para asegurarme lo lejos que estás de mí. Que ya eres parte de mi pasado y que sólo podría contarte que lo cierto es que me haces falta y mientras cruzaría los dedos sólo porque no fuera una obviedad o una sorpresa, sino simplemente un puente – sentimentalmente hablando – que desenlazaría un “yo también te necesito”.
domingo, 14 de noviembre de 2010
lunes, 11 de octubre de 2010
My heart will never be your home
Y la verdad no sé bien a donde correr pero corro, creyendo que no hay nada mejor que hacer que moverme de un lado al otro porque nunca me agradó demasiado la idea del sedentarismo o porque es mejor así, cuando nada te pertenece, cuando no le pertenecés a ningún lugar. Y al final por no ser de nada, sos de algo y por no quedarte en ningún lugar específico, sos de todos.
sábado, 13 de febrero de 2010
La memoria siempre es un buen puerto de partida

Hay tantas cosas detrás mi sonrisa. Una duda constante, un sueño esperando por ser cumplido, ganas - ¡muchas ganas! – de ser feliz. Una seguridad imperiosa en creer que siempre se puede, que nunca es tarde y más de un recuerdo amargo de saber que se fue hace mucho tiempo aquél tren. Claro, hay también algo de contradictorio y un poco de desquicio, sano pero desquicio. Cabe un repertorio bastante amplio de canciones y una historia para cada una de ellas, la memoria de esos instantes eternos y la esperanza de atesorar nuevos recuerdos, anécdotas, risas. Sí, ¡claro que sí!, guardo risas detrás de mi sonrisa para acordarme de que cada vez que sonrío ellas ríen conmigo también y guardo lágrimas de vez en cuando, para nunca olvidar que el dolor me ayudó a crecer.
Hay dos o tres razones para morir y setenta razones más para vivir cada día como si fuese el último. Un desorden buscando guardar cada cosa en su lugar y más de diez mil hectáreas para construir la casa de mis sueños frente al mar, en una playa de arena blanca y solitaria donde encontrar la paz que aleje de la rutina. Hay proyectos, ideas y miedos, un millón y medio de ilusiones, objetivos, desafíos. Una seria adicción a madrugar y caminar bajo el manto azul y otra rara contradicción sobre adorar los días de lluvia. Un serio problema mental que implica encerrarse en la habitación bailar, cantar y saltar sobre las camas. La vida es mi propio videoclip. MUCHA, excesiva y MUY necesaria imaginación. Alas y tierra, firmeza y vulnerabilidad. Un ser o muy tierno o demasiado seco. Una gran mochila y suficiente obstinación como para nunca dejar de intentar. Una suerte de Ave Fénix, siempre sabrá como renacer de las cenizas. Una fiel navegante y la memoria SIEMPRE es un buen puerto de partida.
Hay tantas cosas...
domingo, 3 de enero de 2010
Menos que fulana

Lo miró, estaba exhausto y ella podía sentirlo, no hablo de un cansancio físico sino algo más complejo. Llevaba el peso que todos llevamos, algún que otro tropezón en el camino, la incertidumbre del no saber que hacer y ese amor con gusto a podrido. Lo pensó – por mientras no le quitaba los ojos de encima – es curioso cómo puede darse esta ecuación, él sufría por mengana y ella, menos que fulana para él. Por un segundo apartó la mirada, quizás no se sentía tan plácido ser simplemente fulana. Ella daría todo por tener – a los ojos de él – nombre y apellido.
Volvió a posarle los ojos encima, por momentos no podía escucharle sus habladurías y no por falta de interés sino por excesivo, él le robaba toda su concentración. Se preguntó si alguien más en el mundo entero lo observaría con la ternura y devoción con que ella le observaba. El parecía concentrarse fácilmente, no perdía el hilo, podía involucrarse en todo menos con ella. Le dolía lo suficiente, pero jamás iba a demostrárselo. Aunque cuando reparaba sobre eso concluía que no era más que una obviedad.
Resultaba ser que su corazón estaba atareado y ella podía leerlo de antaño en su mirada. Ella siempre supo que estaba exhausto, incluso antes de que él se lo dijera. ¿Alguna vez te has puesto a pensar en mí? ¡Qué estúpido sería decirle aquello! Jamás lo habría hecho. Además, pensaría que es algo egoísta o quizás desubicado o llanamente inesperado. Ella sabía que no podía disimularlo lo suficiente como para que él no se percatase de ello. No podía ser. ¿Cómo podría esconderlo? Si apenas le veía venir ya se sonrojaba, si siempre tenía en la manga la excusa perfecta para volverle a ver.
Le observaba con la mirada que poseen los enamorados, se detenía a admirar cada ángulo de su rostro y jamás se cuestionaba porqué lo hacía, simplemente le amaba y no existía razón más suficiente que esa. Podía pasar horas junto a él incluso cuando no había nada nuevo que decir y se perdía en el miedo de volver a rozar sus labios. Cada beso que él le obsequiaba era un momento eterno en el tiempo y él simplemente se regodeaba, jamás lo haría como por mengana. ¿Y si simplemente me abres tu corazón y te enteras de que podrías ser más amado de lo que imaginas? ¡Que insensatez! repensó. Y agradeció no haber pensando en voz alta, así él jamás podría escucharle.
Le partía en dos verle sufrir, le hubiese dicho que juntaría cada retazo de su corazón y lo repondría pero sabía que a él no le importaría puesto que ella, definitivamente, no era mengana. Era menos que fulana. No sabía que decirle, aunque mucho menos que en el fondo poseía un menjunje de palabras que deseaba más que decir, gritar, que anhelaba contarle.
Lo entibió en su abrazo y él mágicamente le respondió con una mirada cálida, como si ese fuese el gesto que el necesitaba. Cómo si ese pequeño detalle apaciguara un poco ese viejo dolor. Él se menospreciaba y ella lo idealizaba. Y ante la angustia que él le transmitía y en su abrazó, confeso: Eres perfecto.
Esto pareció descolocarle, quizás no hubiese estado esperando ese comentario pero a veces también lo inesperado puede provocarnos una ilusión. Le respondió con una mirada que se llenó de seguridad e interrogó: ¿De verdad lo crees, no?
Ella lo miró, lo miró y él percibía que su mirada escondía ese menjunje. Estaba lo suficientemente avergonzada como para poder hablar, así que simplemente le asintió con la cabeza. ¡Sí, de verdad lo creo! ¡DE VERDAD ERES PERFECTO! Para mí, para mí. Lo repetía en su cabeza. Esta vez si deseaba pensar en voz alta. Y aquél tibio abrazo mutó a un candente beso.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Irme de vos.

A veces siento que voy a encontrarte en cada rostro. Siento como si fueras vos en todos aunque te disfraces o juegues a ser alguien más. No puedo discernir entre vos y los demás, no entiendo la diferencia. Confieso que no la hay.
- ¿Hay alguien ahí? Grita en el abismo y sabe bien cuan inútil es la pregunta, sabe bien que no hay nadie más.
- ¿O quiero convencerme de que exista la posibilidad de que habite en este mundo para mí alguien más que vos? Piensa y no se atreve en voz alta, jamás tendría las agallas para que alguien pudiese oírlo, si por si acaso estuviese errada y hubiera alguien allí esperando ser escuchado.
¿Cómo voy a encontrar nuevas formas de seguir si está a cada paso? ¿Cómo es posible que ya nadie sea la persona que es porque todas las personas son él? Cómo encontrarle lógica a la absurda sensación de voltear en cada esquina y encontrar un recuerdo que me provoca a recordar, que me invita a tropezar infinita cantidad de veces con una piedra que yo misma elegí interponer en mi camino y de la cual no tengo fuerzas para deshacerme (o coraje) y me pregunto porqué el ser humano siempre rehúye de su destino cuando bien sabe que él mismo lo construyó.
-¿Por qué siempre preferiríamos haber tomado la decisión contraria? ¿Por qué somos TAN obstinados? Porqué le dedicamos tanto tiempo a las cosas que no van a dar más que frutos podridos y olvidamos a esas otras que le darían un poco más de sentido a nuestra vida tan vacía (o llena de cosas que no podemos percibir por nuestro estúpidos anhelos de hacer posible lo imposible)
Si pudiera irme de vos rompería con esta racha de suerte de saberte en cada rincón del mundo, ya todos recobrarían sus rostros y sus miradas, por fin todos serían lo que son y no te encontraría en cada sitio con otro nombre pero aún siendo vos. Para irme de vos necesito hallar el valor que no tengo de pensar en voz alta esa pregunta anciana en la que me intriga saber si en realidad en este planeta solo habitamos vos y yo o cientos de personas que no me dejo ver en realidad. Y es que acaparas todos mis sentidos y es que me atrapas con cada una de tus miradas. Para irme de vos me hacen falta lo que me queda de esta vida y dos o tres vidas más. Para irme de vos debería realizar esa escena que se proyecta innumerable cantidad de veces en mis ensueños:
-¿Cómo irme de vos? Grita.
- ¿Por qué no puedes simplemente dejarme ir? Solloza, deja ver ese destello de angustia en sus ojos y como sabe que no logra cautivarlo hace fuerzas, no quiere que la vea llorar.
- Pensaba que las cosas iban a ser diferentes. (Piensa, ahora sí, en voz alta pero solo encuentra indiferencia, no obstante él permanece a su lado. Desconcertada se pregunta porque si sus deseos por no retenerse son tan fuertes aún sigue tomándose de manos. Realmente le cuesta contener las ganas de romper en llanto)
-¿Por qué seguís ahí parado? ¿Cómo podés tomarme de manos y dejarme caer así? Grita desconsolada, empieza a liberarse. Empieza pero él parece no escucharla, sólo permanece allí. A su lado.
-Pensaba que las cosas iban a ser diferentes. Lo dice bajo pero lo dice. Él deja vislumbrar un pequeño gesto de dolor o quizás de lástima, ella no logra definirlo.
-Las cosas nunca son como uno imaginaba. Lloran, los dos.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Agua, cómo te deseo.

Por supuesto que no pretendía ser la misma tipa de antes, pero si extrañaba aquella fuerza que tenía. Aquella tipa repleta de alegría, a la que le salían todas, sólo quizá porque no le importaba de verdad ninguna. Por entonces desplegaba vigor, tenía una sed frenética y el mundo, para ella, era una tema inagotable, estaba todo hecho agua. Ahora, no obstante, conservaba el mismo desinterés por la mayoría de las cosas, aunque su indiferencia era ya más elaborada, distinta, pero servía, con seguridad, para rescatarla. Sin embargo había perdido por el camino muchas fuerzas, se le había ido mitigando aquella mitificada sed y, para colmo, cada día encontraba menos agua.
domingo, 22 de noviembre de 2009
XI
Esa noche no había podido dormir, daba vueltas insaciablemente entre las sábanas. Estaba intranquila, sabía que habitaba en mí algo que ya no podía callar, que necesitaba gritar. Que necesitaba gritarte. Admito que los ojos me pesaban pero aún así no lograba conciliar el sueño, me abrazaba a la almohada en una suerte de desazón y desencanto por mi propia vida que se reflejaba en los latidos cada vez más lentos y dejaba de ser sensación, sentimiento, cada vez que sentía una inoportuna (oportuna) lágrima correr por mis mejillas rosadas. Estaba incomoda, no encontraba posición en la que mi cuerpo se hallase relajado y bien sabía que no era él el culpable, todo adentro mío estaba turbio. Esa foto en la primera hoja y tantos por qué, ese enojo casi inhumano con la vida misma que siempre había estado, esa mezcla de angustia y esas ganas de tenerte delante para confesarte cuánto tiempo te había soñado, tal cual y como eres. Entre el empaño de mis ojos oscuros no podía evitar dirigirme hacia los tuyos tan verdes, con tanto fulgor y preguntarte si algún día, por algún motivo o sin ninguna excusa, por curiosidad o simplemente porque sí, habrías de venir a buscarme y desahogar así esa traba en el centro de mi pecho, esas palabras que nunca te pude decir. En silencio la habitación parecía más grande, en soledad siempre me siento pequeña y quizás empiezo a temer hasta de mi propia sombra y aún así tú imagen está conmigo en todas partes, pero no logra hacerme sentir que estás. Miraba esa foto, no podía evitarlo. Sí, quizás sea por masoquismo pero también por amor, por el inmenso deseo insatisfecho de tenerte cerca y verte sonreír como en esa fotografía. Verte sonreír para mí y preguntarte donde habías estado toda mi vida y gritarte todas esas palabras sueltas y con un sentido absoluto que descansan (“descansan”) en mi marchito cuerpo. Bostezo, desgano y ya tanto me pesaban los párpados que para cuando quise recordarme, me encontré parada en una calle desierta. Yo no estaba acá, ¿Cómo llegué? ¿Por qué estás ahí? Me congelé, ahora que tenía tú figura ante mis ojos tenía que gritarte lo que siento y sonreíste casi despreocupado y a la vez tus ojos se llenaron de felicidad. Eras feliz, estabas feliz de verme y yo solté mis miedos y corrí desesperadamente hacia tus brazos. Te miré de cerca, muy de cerca y aspiré con muchísima intensidad tú perfume (quería guardarlo para siempre) y me apretaste fuerte contra tu pecho y yo sentía tú sudor frío, tus miedos y tus ganas mezcladas en tú piel. Me recostaste sobre vos mientras posabas tan sólo uno de tus dedos sobre mis labios y yo era dichosa por el simple hecho de que fueses mío. Y entonces te dije:- Sé que soy un tanto amateur, que me falta mucho que aprender, que todavía tengo que crecer. Vos también, lo sabés. Quería saber si podías mostrarme el camino, si podrías tomarme de manos y enseñarme todas las cosas que aún no aprendí. Sí existía la posibilidad de amanecer sintiéndote respirar mi nuca. Si podrías venir a llenar este inmenso espacio vacío.
(uno de mis preferidos)
una vez más para entender porqué lo hicimos.
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