
Por supuesto que no pretendía ser la misma tipa de antes, pero si extrañaba aquella fuerza que tenía. Aquella tipa repleta de alegría, a la que le salían todas, sólo quizá porque no le importaba de verdad ninguna. Por entonces desplegaba vigor, tenía una sed frenética y el mundo, para ella, era una tema inagotable, estaba todo hecho agua. Ahora, no obstante, conservaba el mismo desinterés por la mayoría de las cosas, aunque su indiferencia era ya más elaborada, distinta, pero servía, con seguridad, para rescatarla. Sin embargo había perdido por el camino muchas fuerzas, se le había ido mitigando aquella mitificada sed y, para colmo, cada día encontraba menos agua.

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