domingo, 22 de noviembre de 2009

XI


Esa noche no había podido dormir, daba vueltas insaciablemente entre las sábanas. Estaba intranquila, sabía que habitaba en mí algo que ya no podía callar, que necesitaba gritar. Que necesitaba gritarte. Admito que los ojos me pesaban pero aún así no lograba conciliar el sueño, me abrazaba a la almohada en una suerte de desazón y desencanto por mi propia vida que se reflejaba en los latidos cada vez más lentos y dejaba de ser sensación, sentimiento, cada vez que sentía una inoportuna (oportuna) lágrima correr por mis mejillas rosadas. Estaba incomoda, no encontraba posición en la que mi cuerpo se hallase relajado y bien sabía que no era él el culpable, todo adentro mío estaba turbio. Esa foto en la primera hoja y tantos por qué, ese enojo casi inhumano con la vida misma que siempre había estado, esa mezcla de angustia y esas ganas de tenerte delante para confesarte cuánto tiempo te había soñado, tal cual y como eres. Entre el empaño de mis ojos oscuros no podía evitar dirigirme hacia los tuyos tan verdes, con tanto fulgor y preguntarte si algún día, por algún motivo o sin ninguna excusa, por curiosidad o simplemente porque sí, habrías de venir a buscarme y desahogar así esa traba en el centro de mi pecho, esas palabras que nunca te pude decir. En silencio la habitación parecía más grande, en soledad siempre me siento pequeña y quizás empiezo a temer hasta de mi propia sombra y aún así tú imagen está conmigo en todas partes, pero no logra hacerme sentir que estás. Miraba esa foto, no podía evitarlo. Sí, quizás sea por masoquismo pero también por amor, por el inmenso deseo insatisfecho de tenerte cerca y verte sonreír como en esa fotografía. Verte sonreír para mí y preguntarte donde habías estado toda mi vida y gritarte todas esas palabras sueltas y con un sentido absoluto que descansan (“descansan”) en mi marchito cuerpo. Bostezo, desgano y ya tanto me pesaban los párpados que para cuando quise recordarme, me encontré parada en una calle desierta. Yo no estaba acá, ¿Cómo llegué? ¿Por qué estás ahí? Me congelé, ahora que tenía tú figura ante mis ojos tenía que gritarte lo que siento y sonreíste casi despreocupado y a la vez tus ojos se llenaron de felicidad. Eras feliz, estabas feliz de verme y yo solté mis miedos y corrí desesperadamente hacia tus brazos. Te miré de cerca, muy de cerca y aspiré con muchísima intensidad tú perfume (quería guardarlo para siempre) y me apretaste fuerte contra tu pecho y yo sentía tú sudor frío, tus miedos y tus ganas mezcladas en tú piel. Me recostaste sobre vos mientras posabas tan sólo uno de tus dedos sobre mis labios y yo era dichosa por el simple hecho de que fueses mío. Y entonces te dije:- Sé que soy un tanto amateur, que me falta mucho que aprender, que todavía tengo que crecer. Vos también, lo sabés. Quería saber si podías mostrarme el camino, si podrías tomarme de manos y enseñarme todas las cosas que aún no aprendí. Sí existía la posibilidad de amanecer sintiéndote respirar mi nuca. Si podrías venir a llenar este inmenso espacio vacío.

(uno de mis preferidos)


una vez más para entender porqué lo hicimos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario