Tendidos, de frente al cielo, yacíamos uno junto al otro. Fotografié ese instante,
en el que tu mano húmeda y llena de inseguridad se aferraba a la mía, yo también
temía, yo también ansiaba encontrarme con tú lado inconcluso. Alrededor golpeaban
sobre los charcos, una y otra vez, los diminutos copos de nieve, aún cuando el frío
del anochecer teñía de morado tus labios podía sentir la más plena calidez deslizarse
por mis huesos, el calor de tú cuerpo penetraba en el mío, la profundidad de tú mirar
entibiaba mi alma. Sobre la llanura se desvanecía el anaranjado del cielo, y poco a poco
el manto empezaba a poblarse de estrellas, recorría tu rostro con la punta de mis dedos,
primero me posaba sobre tu frente y lentamente llegaba hasta tú mentón, podía hacerlo
las misma cantidad de veces cual estrellas nacían, dibujar una y otra vez sobre tú piel,
eso me mantenía viva. Nos contorneaba el galopar de los caballos del silencio, quienes furiosos y arrebatadores se llevaban consigo toda clase de emociones para dar lugar a otras totalmente nuevas, te cobijaba contra mí con el afán de protegerte de todo mal. Deslumbrados por el espectáculo jurábamos que volveríamos cada anochecer para acalorar nuestras narices frías, mientras tanto aún podía sentir tú mano húmeda junto a la mía, insistente y atrevida había perdido toda su inseguridad, así como se había perdido el galopar de los caballos, pues habíamos dado lugar al más bello de los ruidos entre todos los silencios: el amor.

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